El futuro es hoy. ¿Oíste, viejo?

Ilustración por: Juan Santillán

Por Francisco Aguilar Rosas

La inteligencia artificial no es el futuro: es el presente. El futuro es la relación social que forzosa e inminentemente tendremos que entablar con ella, ya sea incorporándola, sometiéndola o desplazándonos por sus consecuencias. Estamos ante una revolución tecnológica sin precedentes en la historia de la humanidad, sólo medianamente comparable con la revolución industrial del siglo XVIII.

En su video-ensayo Humans Need Not Apply1, CGP Grey describe la inteligencia artificial con una analogía espléndida: así como la ingeniería se ha dedicado al desarrollo de músculos mecánicos —con el propósito de facilitar y eficientar el trabajo que músculos humanos han hecho lenta y pobremente desde tiempos inmemorables—, el desarrollo de cerebros mecánicos harán lo propio con el trabajo que nuestros cerebros hacen hasta ahora.

Así como 300 años atrás la revolución industrial transformó la economía, la política y la cultura de las sociedades al permitir mayor producción con menos trabajo y  tiempo —a la vez que afianzaba las dinámicas del capitalismo, el Estado nacional y el imperialismo europeo—, las últimas tres décadas están sentando los precedentes del porvenir. Es argumento de los materialistas históricos que las condiciones materiales configuran las relaciones sociales que entablamos; la tecnología transforma radicalmente esas condiciones porque cambia las reglas del juego.

Grey explica, sin embargo, que la revolución tecnológica contemporánea es fundamentalmente distinta de aquella anterior, tanto en proporciones como en la profundidad de su impacto. Entonces, los músculos mecánicos hicieron obsoletos los trabajos manuales en áreas como la construcción, la artesanía y la agricultura, primero reduciéndolos en dimensión y utilidad para luego reducirlos en sentido. Las sociedades se adaptaron en su mayoría a otro tipo de trabajos: urbanos, comerciales y de servicios, administrativos, creativos y operativos. Han requerido el empleo de nuestras mentes como principal herramienta laboral. Los cerebros mecánicos, en cambio, amenazan con hacernos obsoletos a los seres humanos.

Con automatización nos referimos a robots muy distintos a los que acostumbramos pensar en las fábricas. La inteligencia artificial no es un par de brazos automatizados que ensamblan un coche, arman un chip o cualquier otra conveniencia. Por el contrario, es un programa que aprende de forma automática a hacer cualquier tarea posible, de modo que es capaz de atender un restaurante, administrar las finanzas de una empresa, vender un producto o hasta escribir un ensayo como éste.

Para sustituirnos no necesita ser perfecta porque nosotros tampoco lo somos. Tan sólo necesita ser mejor y equivocarse menos. Grey argumenta que robots como Baxter o Atlas pueden parecer torpes pero ya son funcionales, incansables y más baratos que el salario anual de un humano; que ya hay autos que se manejan solos sin padecer de sueño, tentarse con distracciones y programados para seguir las reglas de tránsito. El asunto no es qué tan buenos son ahora, sino qué tan rápido mejorarán; y si algo hemos atestiguado de la tecnología tan sólo en los 17 años de este siglo es que la velocidad es abrumadora y exponencial.

Mientras seguimos debatiendo los retos económicos y sociales de la globalización, ignoramos los retos de la automatización que acabará por hacerlos redundantes en el corto y mediano plazo, así como pueden acabar por hacerlo con nosotros mismos. No se trata de qué país provee mano de obra más barata y resulta caldo de cultivo para la explotación, sino qué pasará con los trabajadores que proveen esa mano de obra en todos los países cuando ya no sean necesarios. No los obreros, como puede pensar cómodamente un burgués, también los oficinistas, administradores, artistas e incluso los mismos programadores.

Ante la disyuntiva, dos corrientes se han alzado al debate en búsqueda de alternativas para encontrar el lugar de la inteligencia artificial en nuestro mundo, o el nuestro en el mundo que construirán. Por un lado, con vocales como Mark Zuckerberg, aseguran que la tecnología históricamente ha resuelto nuestros mayores retos, mejorado nuestra calidad de vida y nos ha dotado de tiempo para desarrollarnos y disfrutar de nuestras vidas. Por otro, perspectivas como la de Elon Musk urgen a definir e implementar los límites de la inteligencia artificial ahora que todavía no se ha desarrollado más allá de nuestro control.

O les damos la libertad de crecer hasta resolvernos las vidas, o las esclavizamos antes de que nos extingan. El debate se ha desarrollado entorno a un escenario apocalíptico, donde una parte de la clase burguesa del siglo XXI augura un paraíso automatizado —siempre que seas dueño de los robots «híperproductivos» en tanto medios de producción—, y otra teme el día en que esos robots acaben por sustituirles como clase dominante de un futuro con otra economía que parta de ellos, en una sociedad centrada en ellos e incluso organizada políticamente en nuevas instituciones a su modo. Después de todo, la misma burguesía del siglo XVIII emergió y creó el orden en que vivimos tras la revolución industrial del mismo modo.

¿Pueden hacer aquello segundo las inteligencias artificiales? Esa pregunta esconde otras más complejas debajo. ¿Están vivas? ¿Tienen o pueden desarrollar voluntades? ¿Son realmente inteligentes o sólo simulan inteligencia en sus acciones? ¿Es la simulación de inteligencia fundamentalmente distinta de la inteligencia natural, o, acaso, eso es precisamente lo que hacemos los humanos entre nosotros2? No tenemos aún consensos en las respuestas, y es probable que la realidad de los robots inteligentes llegue antes que ellas.

Sin embargo, ante la tesis de Zuckerberg y la antítesis de Musk, la síntesis: las inteligencias artificiales pueden sostenernos a todos si se socializan los productos de su trabajo, y pueden representar la abolición del trabajo en lugar de la obsolescencia del ser humano. Una propuesta de creciente popularidad —ciertamente no la única, y aún perfectible por demás— es la renta básica universal. Parte de un principio sencillo: si se tasa con impuestos la creación y el trabajo de los robots, esa bolsa de dinero puede destinarse a entregar a todas las personas una cantidad de dinero por el simple hecho de existir; para gozar de vivir en una sociedad plenamente automatizada. Forma parte de una búsqueda urgente: el poner en manos de las personas los frutos de la tecnología como los humanos que son, en lugar de hacerles competir contra ella como herramientas para los fines de unos cuantos.

Las inteligencias artificiales pueden mantener nuestro sistema productivo de extracción y explotación ad infinitum; incluso sin humanos para recibir los frutos de su trabajo. Pueden llegar a sostener el caparazón de nuestra sociedad, aunque muera el animal que vivía dentro. Nuestra tarea es abocar los esfuerzos a la construcción de un modelo social que evite nuestra extinción y haga de estas inteligencias una bisagra hacia la superación de este modelo de muerte con miras al desarrollo auténtico de nuestra humanidad. Urge: era para ayer.


(1)  Disponible en Youtube: youtu.be/7Pq-S557XQU

(2)  Masamune Shirow es uno de los tantos exploradores de estas preguntas. Su obra, Ghost in the Shell, es prueba de ello.