Los Revueltas, ¿una familia atípica de México?

Ilustración por: Betsy Amparán

Por J. Ignacio Mancilla

Quiero retomar un libro de hace algunos años como pre-texto para reflexionar y problematizar la constitución y la identidad de una familia no sé si atípica y también atópica, y que, como tal, logra formar, en su seno, no obstante no pertenecer a una clase culta, cuatro de los más grandes artistas de México; estoy hablando de los Revueltas, tanto de la familia como del texto que habla de dicho clan y que lleva por título, precisamente, Los Revueltas y que nos narra sobre esa singular familia a la que perteneció José Revueltas, uno de nuestros más grandes escritores, militantes y teóricos de la izquierda mexicana.

Me valdré de ese ejemplar (hasta cierto punto) y de otros, así como de los escritos del propio José Revueltas, para pensar el asunto de la identidad nacional del mexicano, no desde una perspectiva psicológica sino, más bien, histórica y cultural, que nos lleve a comprender, un poco, cómo es que fue posible un grupo como los Revueltas y, al mismo tiempo, cómo es que, en el caso particular de José, éste rompe con los cánones de la escolarización y con los límites del “nacionalismo revolucionario” (como sinónimo de lo nacional) para insertarse en una lógica otra, sin por ello desconocer al México profundo (Guillermo Bonfil Batalla): la del internacionalismo revolucionario comunista-marxista; aunque desde una perspectiva herética, cabalmente, cuestión que se constata en su obra literaria y también teórica y política, y que hizo de él un extraño militante del marxismo.

Seguiré para ello, como ya dije, en parte solamente, esa especie de biografía familiar, escrita a manera de testimonio, por Rosaura Revueltas, la cual fue publicada por la Editorial Grijalbo, allá por el año de 1979; con el que la afamada pero discriminada actriz, poco conocida, lamentablemente, nos ofrece su visión de esa estirpe a la que ella, junto con Silvestre (el más que reconocido músico), Fermín (el muy significativo pintor, pero desconocido) y José (tan reconocido como icono por la izquierda, pero cuya obra casi no es leída y fue hasta repudiada; ello por más de algún dizque militante de izquierda).

¿La marginación fue el sino de los Revueltas? Es algo que todavía merece una explicación exhaustiva y creíble, a estas alturas; más allá de la mera psicología y sociología, para rehacerla desde la historia y la cultura en el sentido más materialista.

¿Cómo empieza su historia Rosaura Revueltas?

Evocando el comportamiento de Silvestre ante la muerte de su madre, doña Romana, quien deseó de manera profunda, al parecer, que sus hijos fueran artistas; mujer sensible que llegó a escribir algunos poemas.

¿Cómo es que ese sueño se cumplió?, ello aparte de que la vida de los Revueltas no deja de tener rasgos trágicos. ¿De dónde les viene? ¿De los propios “complejos familiares” (Jacques Lacan)?, insertos, finalmente, en la historia de nuestro país sumido en un proceso de grandes cambios, la revolución, la primera insurrección social del siglo XX.  

Rosaura intentó, en cierta medida, alejar a José de cierta militancia; seguramente por todo lo que su mamá y ella como hermana sufrían por la causa de su hermano. No se nos olvide que fue preso siendo casi un niño y que, en esa condición, padeció “los muros de agua” en tanto fue remitido a las Islas Marías; experiencia que le motivó a escribir su primera novela: Los muros de agua. Tampoco podemos olvidar que la experiencia carcelaria fue algo que Pepe Revueltas padeció prácticamente toda su vida, al grado que su literatura ha sido considerada como la de una “ontología carcelaria” (Rodrigo García de la Sienra); cuestión que está más que jugada en su última novela, El apando, llevada al cine de manera magistral por Felipe Cazals y que forma parte del cine mexicano, para orgullo nuestro.

Bien, Rosaura estructura su narración, cuyo inicio contempla a los padres y los abuelos a partir de Silvestre; para continuar con Fermín, José, Consuelo y ella misma al final de su testimonio.    

Pero cabe aclarar que no fueron todos los Revueltas; la parentela que formaron don José y doña Romana fue, como los linajes de ese tiempo, bastante numerosa. Fueron 12 hijos en total.

Seis de ellos fueron destacados y cuatro fueron notables; lamentablemente no se les ha dado su debido lugar en la historia de la cultura y del arte de México, no obstante que los restos de Silvestre (1899-1940), el mayor, reposan en la Rotonda de los hombres ilustres desde el 23 de marzo de 1976 y es uno de los músicos más importantes de nuestro país. Siguen, de mayor a menor: Fermín (1901-1935), pintor y de muerte prematura; Consuelo (1909-1990), que también pintó; Rosaura (1910-1996), bailarina y actriz, cuya película La sal de la tierra (The Salt of the Earth, Herbert J. Biberman, 1954) es sumamente actual y José (1914-1976), el destacado militante, escritor y teórico; y, por último, Agustín (1920-1996), también artista y empresario.

Por razones de espacio, aquí nos vamos a ocupar sobre todo de José Revueltas y un poco de Silvestre, quizás los más radicales y subversivos de los hermanos. El primero lo fue tanto que el Estado prácticamente se olvidó de él en el año de 2014, en el centenario de su nacimiento; mientras que quemó todos los inciensos para conmemorar el centenario de Octavio Paz, quien también nació, como José, el año de 1914. Y claro que los merecimientos de Octavio Paz están fuera de discusión, pero…

Las razones ideológicas y políticas son más que obvias.

Pero el Estado, bastante totalitario en su idiosincrasia nacionalista y priísta, que ha permeado a todos los partidos políticos, desde la derecha panista hasta la izquierda perredista; ¿es casual el frente que están llamando a conformar el Partido de Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), abjurando, ambos, de su historia y principios?

Todo en aras del pragmatismo político y, según nuestra lectura, para prestarse al juego electoral del Partido Revolucionario Institucional (PRI), bastante desprestigiado por el desastre nacional de Enrique Peña Nieto; razón por la que el PRI no ve lejos la posibilidad de perder las elecciones presidenciales del 2018.

En este contexto convendría, más que nunca, rescatar precisamente la obra teórica y política de José Revueltas, quien siempre luchó no solamente contra la hegemonía de la burguesía nacional, sino también contra la ortodoxia y el dogmatismo de la propia izquierda mexicana; desgarrándose subjetivamente en ese intento en el que bregó solitariamente.

He aquí las razones profundas de su olvido paradójico, pues es sumamente reconocido, aunque no conocido.

En un ensayo que escribí hace tiempo y que fue publicado por el Colegio de Jalisco en una Revista ya desaparecida que dirigía la historiadora Carmen Castañeda, ya fallecida –se llamaba Encuentro–, hice un sintético balance crítico precisamente de la izquierda mexicana, pero que apuntaba también al dogmatismo de la izquierda mundial; esto antes de la caída del Muro de Berlín (1989).

Su título lo dice todo: José Revueltas y la izquierda mexicana en tres tiempos.

Remito a las y los lectores de Autarquía, a quienes agradezco su invitación a escribir para este número, a dicho ensayo para que ponderen el análisis crítico que hice, desde la perspectiva de la política y de la militancia, sin descuidar por supuesto la dimensión teórica de la obra de José Revueltas, de la que todavía tenemos mucho que aprender.

En lo que a este espacio respecta, no me cansaré de ponderar la actualidad de este sin igual escritor, militante y teórico que, insisto, no ha sido valorado de acuerdo a todo lo que todavía nos puede decir incluso en estos momentos aciagos de nuestro país; pues sigue siendo demasiado radical y quizás demasiado herético para los marxistas, no solamente de ayer sino también de hoy.

¿Los hay todavía?

Y es que, y he aquí lo más interesante, José Revueltas cuando pensó México nunca psicologizó ni mucho menos sustancializó la identidad del mexicano; antes bien, como buen marxista que era, ¡y vaya que lo era! (ahí está su obra, publicada por Editorial Era y que abarca más de 25 volúmenes), siempre pensó la identidad mexicana históricamente, como fenómeno dialéctico, contradictorio y porvenir.

Si somos consecuentes con esa herencia, lo que nos resta a las y los mexicanos, precisamente, como reto, es llegar a ser tales. Esto en medio de un mundo, con todas sus contradicciones, que tiende a hacerse uno.

No cabe duda, por lo menos para mí, que todavía nos queda José Revueltas para rato, pero como parte de un árbol frondoso que necesitamos ponderar y recuperar, llamado los Revueltas.

¿Y las revueltas?

¿También seguirán pendientes, como nuestra mexicanidad?

Pero, ¿cuál será su porvenir?, se preguntarán; a lo que responderé que mucho va a depender de lo que nosotras y nosotros, como mexicanos, hagamos.

Y para cerrar con la metáfora del árbol, conviene dar clausura a esta reflexión con el pensamiento de Wolfgang Goethe que tanto le gustaba a José Revueltas: “Gris es toda teoría y verde el árbol dorado de la vida”, trayendo a nuestra memoria ese viejo eucalipto de uno de los lugares donde vivió nuestro José y que ha soportado todas las adversidades, llevando a José Emilio Pacheco a decir que José era como ese árbol: “indestructible”.

Su nombre es ya inmortal.    


Bibliografía fundamental:

  1. Revueltas, Rosaura, Los Revueltas, Editorial Grijalbo, México, 1979.
  2. García de la Sienra, Rodrigo, José Revueltas. Una ontología carcelaria. Los relatos de Lecumberri, Literal Publishing, Houston, Texas, 2016.

Pacheco, José Emilio, Prólogo a Las evocaciones requeridas. Memorias, diarios, correspondencia, Tomo 1, Volumen 25 de las Obras de José Revueltas, Editorial Era, México, 1987.

Filosofía y cibernética

Ilustración por: Oliver Pendragon

Por Jorge Palafox

El rápido desarrollo de la tecnología en general y de la cibernética en particular, han provocado la contraposición entre dos postulados filosóficos: de una parte, el que sostiene que el desarrollo desmesurado de la cibernética terminará por esclavizar a los seres humanos, convirtiéndonos en autómatas; de otra parte, el que sostiene que ese mismo desarrollo desmesurado de la cibernética, terminará por liberar a los seres humanos, convirtiéndonos en individuos libres.

Origen del dilema

Desde el primer momento, la tecnología ha impuesto a la ciencia la carga de su desarrollo; y a la filosofía, la carga de explicar su significado puramente humano; digamos, el significado de la tecnología del ser humano para sí: como actividad exclusiva de la especie, para el dominio de la naturaleza.

Todo adelanto tecnológico ha suscitado controversias filosóficas, que casi siempre se presentan -o se enmascaran- como la lucha del conocimiento científico contra el dogmatismo; de la ciencia contra la religión; del conocimiento contra los prejuicios, etc.; y a veces se presenta, simplemente, como la oposición entre lo nuevo y lo viejo. En el pasado, por ejemplo, la novedosa introducción de los ferrocarriles hizo nacer la oposición de lo viejo, en forma de añoranzas: se añoraba el pasado de los pueblos con diligencias y caballos, se añoraba el azul de los cielos del campo contra los de la ciudad, se añoraba la pureza de las costumbres del campo; todo lo cual se tradujo en obras literarias: poesías, canciones, novelas, películas; en teorías económicas y también en teorías filosóficas; pero es evidente que los industriales no tenían la añoranza de quedarse en aquel pasado. Además, el desarrollo tecnológico material impuso la superación de aquellos aparentes dilemas; éste, que cité como ejemplo, ya sólo llega a escucharse o a leerse en personas que viven lejos de las ciudades y/o cuya actividad productiva preponderante radica en el campo; pero ningún teórico serio intentará revivir aquellas añoranzas, que han quedado en el pasado para siempre.

La cibernética despertó, también desde su origen, la contraposición entre quien sostiene que el desarrollo desmesurado de aquélla terminará por esclavizarnos, convirtiéndonos en autómatas; y de otra parte, quien sostiene que ese mismo desarrollo desmesurado de la cibernética, terminará por liberarnos.

La cibernética

La cibernética es una ciencia que estudia el funcionamiento de los sistemas reguladores de los organismos, con el propósito de reproducir sus funciones mediante el uso de tecnología; es, digamos, lo que coloquialmente conocemos como automatización. La cibernética produce sistemas que se conocen como sistemas de control basados en la retroalimentación; en otras palabras, produce sistemas autónomos, o robots.

Esta asociación entre la cibernética y la automatización es la que ha despertado la oposición ideológico filosófica a la que aquí hacemos referencia.

Teoría neoludita del desarrollo cibernético

En Inglaterra, a principios del siglo XIX, surgió y se propagó una serie de protestas obreras, algunas de las cuales resultaron en verdaderas rebeliones, a lo que se llamó el movimiento ludita -en honor a un obrero de nombre Ned Ludd. En éste movimiento de protesta, los obreros incendiaron y destruyeron maquinaria y fábricas completas; pues, el uso de la maquinaria en la industria produjo mucho desempleo -sobre todo durante la revolución industrial-, y por supuesto, con el desempleo se generó e incrementó la miseria; y es ésta la que los obreros buscaban destruir, pero la inmediatez de los efectos del uso de maquinaria en la industria, los hacía temerla y destruirla.

El día de hoy, por analogía, podemos permitirnos llamar neoluditas a quienes se oponen al desarrollo tecnológico en general, y al desarrollo cibernético en particular; a quienes pregonan los males que produce la automatización de la industria y, en fin, a quienes creen que el uso cada vez más extendido de la cibernética o de la robótica es nefasto para la humanidad. Aunque, ciertamente, allá por 1996, hubo en los Estados Unidos un grupo de personas que así se autoproclamaron, el neoludismo representa, más que un grupo de excéntricos, un pensamiento actual muy en boga; cuyos principios o postulados filosóficos comentaremos aquí.

Para los neoluditas, todo desarrollo tecnológico es cuestionable, contaminante y contrario a la naturaleza humana. El neoludismo se ha propagado y se ha presentado así, ya abiertamente como tal visión filosófica que identifica la tecnología como aberrante; o ya embozadamente, en la literatura o en el cine. El ejemplo más fresco que tengo en la mente es la película Wall-e, de Andrew Stanton; pero es actualmente muy común escuchar o leer que las máquinas (o los robots) nos dominarán; que nos reemplazarán de nuestras más básicas actividades, convirtiéndonos en seres perezosos e incapaces; o en autómatas, seres abyectos y sumisos.

El neoludismo es, sin embargo, muy simple. Su principal postulado es meramente lógico, y consiste en hacer pasar al ser humano como el producto de la automatización; mientras que el verdadero producto desaparece de la escena. Así, el ser humano aparece como un autómata, y el desarrollo cibernético aparece como el medio para la producción de autómatas. En relación con ello, si la producción automatizada en realidad convierte al ser humano en un autómata, se trata más bien de un problema empírico, y no lógico; y como tal, un hecho empírico, y no abstracto. Sin embargo, es objeto de estudio de la filosofía: por cuanto que la automatización universal de la industria está en proceso, la conversión del ser humano en autómata o en un ser libre, existe sólo en potencia.

Hoy día, esta cuestión filosófica no ha sido respondida. Sólo la superchería neoludita la responde -como ya hemos anotado- en sentido negativo, atribuyendo a la tecnología y a su desarrollo cibernético los males sociales de la humanidad.

Por otra parte, podemos afirmar que también existe una forma de pensamiento que coincide, aunque de manera más timorata, con el neoludismo, y consiste en dejar planteado el problema, más bien como un asunto retórico, nefasto pero inevitable; una pregunta, que sólo la mística responde, acerca del verdadero destino que la tecnología o la ciencia le deparan al hombre; tan es así, que es lugar común de la literatura de suspenso. Ahí tenemos: en la cibernética, al gran monstruo creado por el hombre que “juega a ser dios”; y con ella a los Mr. Hyde y a los Frankenstein; o, también podemos encontrar este cuestionamiento, resuelto en las “distopías” de la ciencia ficción.

Filosofía y cibernética

Como sabemos, la revolución industrial nació con la manufactura, que, para nuestro estudio, representa el inicio de la fabricación mecánica; ésta disfrutó mucho tiempo su exclusividad en el desarrollo industrial, y durnate el siglo XVIII acaparó los más prominentes adelantos de la ciencia y la tecnología. Pero no tanto tiempo como para evitar el desarrollo de la automatización o, lo que hoy llamamos, cibernética. La cibernética compartió con la mecánica los albores de revolución industrial; los primeros inventos de máquinas automáticas datan del siglo XIX, ya bien desarrollada la mecánica; sólo que, a nuestros ojos, y al tiempo, nos parece hoy que la cibernética y la mecánica surgieran simultáneamente. Máxime que la industria no se desarrolló por igual en todos los países y, por obvias razones -entre las que se encuentra el hecho indudable de que la mecánica es la base de la cibernética-, el desarrollo de la mecánica fue a todas luces mucho más extenso y mucho mayor en todos sentidos.

Hoy, la cibernética marca el grado más elevado del desarrollo tecnológico industrial; sus aplicaciones son tan vastas y variadas, que implican también el más elevado crecimiento económico en la rama industrial en que se aplica; pero sus raíces se entrelazan en la historia, con las de la mecánica.

Este hecho histórico ha llegado a confundir a muchos -entre quienes podemos citar a filósofos, estadistas, economistas, artistas, cineastas y literatos; y tal confusión existe desde el mismo momento en que surge la producción industrial automatizada.

Para facilitar la exposición, podemos sugerir la película Tiempos Modernos, de Charles Chaplin, como la crítica por antonomasia, a la producción industrial mecánica. En ella, se observa cómo el individuo se convierte en un autómata. Decenas de tratados filosóficos, económicos y políticos, decenas de obras literarias y cinematográficas se han realizado siguiendo esta crítica contra la industria mecánica desde entonces hasta nuestros días. Pero, el mayor desarrollo de la mecánica ocultó a nuestros ojos, el desarrollo de la cibernética, que se abrió paso disimuladamente en la industria. Así, nació en el pensamiento la creencia falaz, de que la producción mecánica es idéntica a la producción en general o incluso a la producción automática; y la creencia igualmente falaz, de atribuir los caracteres de una, a la otra. Por eso es hasta hoy, cuando ya las diferencias son tan acusadas, y cuando ya sería muy torpe o ignorante identificar una forma de producción con otra, que nos damos cuenta que la concepción filosófica relativa a la cibernética no marchó con ella de la mano; sino que, en lugar de una concepción filosófica sustentada en la realidad de la cibernética, hoy sólo tenemos cuestionamientos catastróficos de su postrer desarrollo, en la literatura y la ciencia ficción, y en el misticismo neoludita.

Incluso los marxistas se han confundido en este respecto; porque sostienen que Marx se opuso a la producción industrial, porque enajena al individuo y lo convierte en un “apéndice” de la máquina. Sin embargo, fue Marx uno de los primeros -en sus escritos de juventud- en hacer notar la diferencia entre la producción industrial mecánica y la automática; y fue el primero en señalar que, en efecto, bajo el capitalismo, el trabajador se convierte en “apéndice” de la máquina -valga decir- mecánica.

El día de hoy perviven las concepciones catastróficas y neoluditas respecto a la cibernética, y no ha sido, en cambio, rescatada de entre el polvo del olvido la tesis marxista que concibe el desarrollo de la automatización como un factor liberador del ser humano, del individuo (como a continuación expondré), pese al increíble desarrollo de la cibernética. Esto se debe simplemente, a que la cibernética se ha desarrollado, pero no de manera universal; y coexisten en el mundo la producción mecánica y la cibernética. Lo cual impide ver los efectos libertadores del progreso que implica, en la voluntad o en el comportamiento de los individuos; pero, más que eso, impide la realización plena de la libertad del ser humano. La impide, pero la impulsa.

Automatismo y división del trabajo

Son dos los principales aspectos que hay que destacar:

Primero: El desarrollo de la indurtia mecánica implica la automatización del trabajador, su conversión a apéndice de las máquinas (Marx y Engels, 1848, 22). El autómata existe desde que surgen las primeras máquinas en la industria; y existe hoy en todos los países, pues la industria actual se basa en la mecánica de la producción.

La industria mecánica se basa en la división del trabajo, misma que, en la sociedad moderna, “engendra las especialidades, las especies y con ellas el idiotismo del oficio”. En cambio, “lo que caracteriza la división del trabajo en el taller automático es que el trabajo pierde dentro de él todo carácter de especialidad. Pero, en cuanto cesa todo desarrollo especial, comienza a dejarse sentir el afán de universalidad, la tendencia a un desarrollo integral del individuo. El taller automático suprime las especies y el idiotismo del oficio”. (Marx, 1847, 96).

Segundo: El desarrollo universal de la cibernética (o automatización), es una condición material para el desarrollo libre y pleno del individuo. Pero el desarrollo actual de la cibernética no es universal, y no implica de manera natural ni por sí sola, la libertad del individuo. Quien trabaja en la industria altamente automatizada, no es un hombre libre por ese solo hecho; pero trabaja bajo las condiciones materiales de vida que le permitirían serlo. ¿Qué se lo impide? Una serie de condicionamientos sociales que le son ajenos como inidividuo; entre los cuales está que, esas mismas condiciones materiales de vida sean universales. Es decir que, para la liberación del hombre; para que el ser humano deje de ser un autómata, un idiota, debe existir como condición material de vida la automatización universal de los procesos industriales. Esto es, la automatización de la industria, no del hombre.

Automatismo y libertad

“John Stuart Mill observa: “Es discutible que todos los inventos mecánicos efectuados hasta el presente hayan aliviado la faena cotidiana de algún ser humano.” Debería haber dicho; de todo ser humano que trabaja. Pero la maquinaria dentro de la producción capitalista, de ninguna manera tiene como fin aliviar o reducir la fatiga cotidiana del trabajador… Hablando en términos muy generales, la finalidad de la maquinaria es reducir el valor de la mercancía… (al tiempo que) crece la avidez (del capitalista) por devorar tiempo de trabajo ajeno.” (Marx, 1861, 77). Lo mismo ocurre en la explotación mecánica que en la automática. Por eso los filósofos que se oponen a la esclavitud asalariada del capital, se confunden y creen que toda innovación tecnológica es igualmente enajenante, y esclavizante; pero no observan la diferencia cualitativa entre ambas: la mecanización implica una constante división del trabajo, la cual, al someter al trabajador a una sola actividad, lo somete a un desarrollo unilateral de sus facultades humanas, es decir, de su personalidad. (Engels, 1845, 337). En cambio, la automatización (debida actualmente a la cibernética), suprime esa división del trabajo: sienta la condición material necesaria para el desarrollo integral de la personalidad y para la libertad del individuo.

Sin embargo, es sólo condición necesaria; y una vez que el desarrollo de la cibernética sea universal, hará falta todavía la conformación de la condición suficiente para la libertad del género humano: el hecho de que busque y procure, conscientemente, su emancipación material.

El desarrollo de la tecnología en general, y de la cibernética en particular, sienta las bases materiales para la libertad de los seres humanos, como individuos. La libertad real de los individuos, sólo será posible sobre la base de un desarrollo universal de la tecnología y la cibernética. El creciente desarrollo de la cibernética muestra que el ser humano está construyendo las bases materiales para su futura emancipación.


Bibliografía

Marx, Karl, Miseria de la filosofía (1847), México, Siglo XXI editores.

Marx, Karl, y Engels, Frederich, Manifiesto Comunista (1848), México, Siglo XXI editores.

Marx, Karl, “Las máquinas: Empleo de las fuerzas naturales y de las ciencias”, en Progreso técnico y desarrollo capitalista (1861), México, Siglo XXI editores.

Engels, Frederich, La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), México, Siglo XXI editores.

Soberano consumidor

Fotografía por: David Mancillas

Por Jorge Flores

Desde el fondo de la sala, sentada sobre una vieja banca, con una mano acariciando al perro de su hija y con la otra frotando su mandil, María Chichilco, la ex comandante guerrillera salvadoreña, escuchaba mi última pregunta: “¿Cuál fue su experiencia en el gobierno?” Con una sonrisa espontánea me respondió sin titubear: “Es un show. Muchos de los que están en los puestos del gobierno no entienden lo que significa estar ahí.” En realidad, no esperaba su respuesta. Y después de ofrecerme otro vaso de agua, ella continuó: “Yo estaba ahí porque creí que era un buen camino para lograr el bienestar de mi pueblo. Muchos creían que ya habíamos logrado el ideal de la Revolución por el mero hecho de estar bien vestidos, ocupando un puesto de gobierno y no era así. Fíjate, muchos querían que yo olvidara el pasado, que me terminara acomodando como muchos de mi partido, pero, ¿cómo lo iba a hacer si estaba dispuesta a dar mi vida durante la guerra?” En tales afirmaciones, María reflejó la consciencia de un serio problema: el creer que la democracia es un estado estático, el cual se halla presente en la mera existencia de instituciones que se adjudican la representatividad de las masas.

Pensar en la democracia sólo como la participación mayoritaria de la ciudadanía, en un marco institucional que permite el disenso y la oposición, resulta ser engañoso. Esta noción de la democracia como algo estático, al cual se accede por el mero hecho de votar, o mediante la pertenencia a una institución, ocasiona un estancamiento en el propio dinamismo de la historia. Pensar que México cuenta con un régimen democrático sería ignorar la crisis económica por la cual atraviesa el país, porque significaría omitir la estrecha relación entre desigualdad extrema y la captura del Estado por un grupo privilegiado que toma decisiones en favor de sí, a costa de la mayoría. Esto sólo nos conduciría a ver al Estado mexicano simplemente como un régimen autoritario que se diferencia específicamente de otros porque su adjetivo es competitivo. Sin embargo, existe otra noción de democracia: la democracia como algo que se construye, como fruto de la historia. Ahora se consideraría un dinamismo impulsado por movimientos e ideas, que busca responder a diversos conflictos. Dicha noción permite entender a la democracia como una búsqueda creativa de los individuos e instituciones con miras a procurar que todas las personas tengan una efectiva igualdad de oportunidades.

Hay una inevitable distancia entre la concepción de democracia en la antigua Grecia y nuestras actuales nociones. Entre los griegos y nosotros se encuentran innumerables sucesos que dotaron de distinta significación a la propia democracia. Se ha de considerar que el resurgimiento de la democracia está enmarcado en la tradición liberal que hizo frente al Estado tirano, en defensa de la razón y la elección. Así, “volvimos” a la democracia con una necesidad de democratizar el liberalismo que hizo frente a las monarquías. Dicho dinamismo se vuelve a repetir siglos después. A partir de la expansión del capitalismo en la segunda mitad del siglo XX, el Estado debía ser el encargado de propiciar el crecimiento de la sociedad y, a la vez, de redistribuir la riqueza. Es decir, el surgimiento del capitalismo ha exigido pensar medidas concretas de contención al propio dinamismo de egoísmo que se desarrolla en la competencia de mercado. El poder político es, pues, el encargado de regular el poder económico.

También se ha hablado de la necesidad de complementar el axioma en el que descansa el liberalismo, según el cual ningún hombre o grupo de hombres puede atacar a la persona o su propiedad, con la noción de oportunidad. Es decir, “la libertad individual no tendría que ver solamente con el tener derecho a hacer lo que pueda querer hacer, sino que tendría que ver con los medios efectivos para hacerlo.” Ahora bien, si la calidad de una democracia alude al goce de los derechos y libertades políticas, civiles y sociales,  entonces la noción de la democracia como un estado estático, alcanzado mediante las instituciones y mediaciones para la representatividad, sería una acotación y reducción de lo que en esencia debiera ser la protección a la libertad de todos los individuos vía el aseguramiento de sus oportunidades.

La crisis actual de la democracia no radica sólo en la fuerza de demagogos, en la cooptación de la opinión en medios de comunicación ni en los fraudes electorales. Se habla de tal crisis porque existe una nula regulación del mercado y a su vez se hunde la legitimidad de un gobierno que se da aires de ser representativo, sin tomar en cuenta el desarrollo de su pueblo. Después del auge de la expansión del capitalismo, la reducción de las tasas de ganancia provocó que el mercado buscara eliminar la regulación y poder así expandirse a otros ámbitos. La privatización de las empresas públicas y la liberación del mercado sólo han provocado una creciente desigualdad entre los individuos. México es un claro ejemplo de que cuando una llamada democracia pierde el poder económico, pierde el poder político. Quien resulta ser soberano es el consumidor y no el pueblo. De nada servirá ser partícipes en las arenas de contienda política si la libertad real es alcanzada por unos cuantos que tienen un alto poder adquisitivo mientras que, a otros, además de negársela, se les imposibilita el acceso.

Antes de que le preguntara a María sobre su experiencia en el gobierno, durante la comida, me narraba el tiempo en que le encargaron la organización de las comunidades durante la guerra. “La represión acabó con las comunidades, imagínate a todos huyendo a los cerros. Después de que pasaba el ejército no quedaban ni tiendas, ni escuelas para los cipotes pequeñitos. Mi trabajo era organizar a las comunidades, y para eso creábamos grupos que atendieran los problemas de la salud, la alimentación, la resolución de conflictos internos, etc. A veces, era divertido, a veces, no tanto.” El relato continuaba mientras ella se encargaba de traer más tortillas a la mesa. Justo después de regañar al perro, que rondaba gustoso la mesa, enfatizó: “lo que pasa, es que la Revolución tiene una base social. Sin ella, no es posible el cambio.”   

Durante las últimas décadas, el Estado mexicano se ha mostrado, cuando no ausente, fallido y en su ausencia ha ido en detrimento el respeto a los derechos y a las libertades. Sin embargo, frente a la ineficacia del gobierno, cientos de iniciativas brotan de los propios ciudadanos. Si el Estado no garantiza el respeto de los derechos ni la generación de oportunidades para todos, ¿por qué los ciudadanos no habrían de hacerlo? Una noción de la democracia como un movimiento histórico hacia la igualdad y libertad real podría hacer un cambio significativo. Como reza el refrán, hay veces que un ocotito provoca una quemazón.


Bibliografía

Federico Saettone. “Democracias y democratizaciones” de Leonardo Morlino Centro de Política Comparada, Ciudad de México, 2005, 321 pp. en Revista SAAP. Publicación de Ciencia Política de la Sociedad Argentina de Análisis Político: Buenos Aires, vol. 2, núm. 3, agosto, 2006, p. 672.

Javier Tello Díaz. “Modelos de democracia” en Política y gobierno. Centro de Investigación y Docencia Económicas: Ciudad de México, vol. III, núm. 1, primer semestre de 1996, p. 131-132.

Mauricio Andrés Ramírez Gómez. “Democracia, Mercado y Socialismo” en Polis, Revista de la Universidad Bolivariana. Universidad de Los Lagos: Santiago, Chile, vol. 4, núm. 12, 2005.