Análisis sobre la serie Black Mirror

Fotografía por: Antonio Champs

Por Ana Laura De Santiago

Black Mirror es una serie de televisión británica de ciencia ficción creada por Charlie Brooker, escritor británico especializado en series satíricas, quien concibiera esta serie en el año 2011. Su foco principal es la sátira hacia la sociedad moderna, particularmente con respecto a las consecuencias de las nuevas tecnologías.

Comienzas un episodio, y, oh, sorpresa: no hay tema musical, ni narrador para acompañarte en sus distopías. Cada episodio se imagina una realidad alternativa diferente, pero comparten una estética minimalista de alto diseño -lo que serían las pesadillas si fueran dirigidas por el arte de Jonathan Ive de Apple-. En cuanto al contenido y la estructura del programa, los episodios son fijados generalmente en un presente alternativo o en un futuro próximo, siempre involucrando la tecnología, la inteligencia artificial y la influencia -a veces aterradora- que tiene en nuestras vidas.

Con “dramas autónomos” en cada episodio, de suspenso y sátira que exploran la techno-paranoia, Black Mirror es una reelaboración contemporánea de “La Dimensión Desconocida” (conocida también como “The Twilight Zone”), con historias que aprovechan la inquietud colectiva sobre el mundo moderno y que nos llevan a cuestionarnos si estaremos ya viviendo en un episodio de esta controvertida serie; no nos presenta ante civilizaciones interestelares o escenarios postapocalípticos. En cambio, representa las variaciones en un futuro cercano transformado por la tecnología de la información: nuestro mundo, sólo un poco peor.

La ciencia ficción del siglo XX fue un producto de la ciencia del siglo XX, un período de avances físicos e invenciones cuando los humanos dividieron el átomo y viajaron a la luna. “Black Mirror” es un producto del siglo XXI y sus avances digitales y virtuales. Habla de una cultura de personas que viven vidas virtuales en las plataformas sociales, en las que los magnates del Valle del Silicio sienten seriamente la idea de que nuestro mundo es en realidad una simulación similar a la “Matrix”.

Así, Black Mirror tiene la capacidad de introducirnos en un mundo que, si bien nos parece surreal, está más cerca de lo que pensamos -y eso es lo escalofriante y cautivante al mismo tiempo sobre esta serie-. No aborda el invierno nuclear y sí la inteligencia artificial; no las complicaciones del viaje en el tiempo, y sí las implicaciones de ser capaz de descargar la conciencia humana sobre los dispositivos. Su visión de la tecnología no es fría y robótica, sino profundamente emotiva, porque -como con nuestros teléfonos inteligentes- hemos hecho de las máquinas extensiones de nuestros cuerpos y almas, de ahí el nombre de la serie.

Su título se refiere a las pantallas de cristal de computadoras, tabletas y teléfonos celulares, y sin embargo, las máquinas no son el peligro aquí: es la monstruosidad anónima y antiséptica que pueden potenciar. El brillo de Black Mirror es que no se trata de cómo la tecnología pone en peligro nuestra humanidad. Se trata de las caras demasiado humanas reflejadas en nuestros propios espejos negros, los que nos miran fijamente, como Charlie Brooker mismo lo define: “Si la tecnología es una droga – y se siente como una droga – entonces, ¿cuáles son precisamente los efectos secundarios? Esta área – entre placer e incomodidad – es donde se establece el ‘black mirror’, el espejo negro del título es el que encontrarás en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente”.