Esperar contra toda esperanza ante un 2018 cargado de injusticias

Ilustración por: Pepe Bustamante

 

La navidad del 2017 nos tomó desprevenidos y desconcertados por diversos motivos, pero especialmente debido a las nuevas leyes aprobadas por el Congreso mexicano. Como una grotesca analogía de la piñata navideña, los partidos políticos representados en ambas Cámaras legislativas se dieron gusto rompiendo la piñata para dejar caer sobre el sufrido pueblo mexicano una miscelánea de cuatro leyes que atentan brutalmente contra su vida. Me refiero a la promulgación o las modificaciones a la Ley de Seguridad Interior, la Ley “Mordaza”, la Ley de Biodiversidad y la Ley laboral.

Veamos primero la forma, para posteriormente analizar brevemente sus contenidos. Nos preguntaremos finalmente por los retos que se plantean a las organizaciones y movimientos sociales para hacerles frente en un contexto sumamente complicado (confuso y complejo además, por si algo faltara como insumos en este brebaje bárbaro).

Desoyendo un sinnúmero de voces autorizadas de organizaciones internacionales como la ONU y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, o mexicanas, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos, rectores de universidades públicas y privadas –entre ellas  la Ibero CDMX–, especialistas académicos –recordemos la soberbia crítica realizada por el investigador del CIDE, Alejandro Madrazo, ante el Senado– cientos de organizaciones civiles y sociales, artistas y empresarios, defensores de derechos humanos y quienes cuentan con la voz más autorizada, familiares de los miles de desaparecidos en nuestro país, diversos partidos políticos, encabezados por el PRI, dieron carta de legalidad a la participación del ejército en tareas de seguridad pública. Con ello, se (con) funde en una institución nacional, que debiera ser garantía de nuestra soberanía, las tareas que corresponden estrictamente a las policías de diverso tipo. De manera que con esta ley el ejército se convierte “legalmente” en un represor y violador de los derechos humanos (que en muchos casos lo es de facto) y podrá ir en contra de todo aquello que, discrecional o arbitrariamente, el Estado considere que pueda afectar el orden, la paz social y la seguridad interior, incluyendo las manifestaciones ciudadanas y las protestas sociales de todo tipo. No quisiera abundar en ello, porque de muchas maneras hemos asistido a la información proporcionada por medios de comunicación críticos y las redes sociales.

Al calor de la aprobación de esta Ley de Seguridad Interior, el 17 de diciembre, en un procedimiento por demás acelerado –exprés o “fast track”-, y con la confabulación y consenso de todos los partidos, la piñata legaloide incluyó una modificación al Código Civil Federal, coloquialmente llamada la “Ley Mordaza”.  Pasando prácticamente desapercibida, la reforma se refiere al daño moral, ocasionado por la imputación de hechos ciertos o inciertos, verdaderos o falsos, determinados o indeterminados, y por la vía de cualquier medio de comunicación –incluye a las redes sociales y el internet–, puedan causarle deshonra, descrédito, perjurio y desprecio a una persona física o moral. Nuevamente, se trata de acallar toda crítica al Estado, tanto en sus supuestos representantes como en sus funcionarios e instituciones, cerrando con ello la pinza autoritaria, autocrática y despótica que se va configurando a través de las reformas estructurales y sus soportes legales regresivos.

En este marco navideño,  la Ley General de Biodiversidad aprobada sin discusión el 16 de diciembre por el Senado, permite la apertura y operación de minas en áreas naturales protegidas. Frente al despojo de sus territorios –recursos naturales y bienes comunes– de que han sido objeto las comunidades indígenas y campesinas de forma histórica, con especial énfasis durante las últimas décadas, las reformas estructurales estaban ayunas de una base legal que permitiera dar seguridad al Estado y  a las corporaciones mineras transnacionales para avanzar en este proceso de saqueo y destrucción de dichos territorios y de violación de los derechos fundamentales de las comunidades. Además de lo anterior, con la nueva Ley, las transnacionales podrán apropiarse de genes, recursos filogenéticos en general y el conocimiento tradicional asociado a ellos. Hoy se puede afirmar, desgraciadamente, que la minería extractiva y la explotación de hidrocarburos gozan de legal salud en las Áreas Naturales Protegidas en nuestro país.

Finalmente, como un regalo adicional incluido en  esta piñata legaloide navideña, la reforma a la Ley Federal del Trabajo aprobada por el Senado para quitar los candados a la contratación vía outsorcing y donde lo único con lo que deberán cumplir las empresas de terciarización es con un registro ante el IMSS y una constancia del RFC. La Ley quitará todo límite a la contratación por outsorcing, es una ley que impactaría a más de 40 millones de trabajadores y a sus derechos laborales.

Violación de derechos humanos, despojos y destrucción de territorios, precarización cada vez más aguda del empleo, persecución y criminalización de la crítica y la protesta social, todo legalizado, como en estuches dorados, como en envolturas navideñas de lujo, son las brutales sorpresas que se desprenden de la piñata navideña del 2017.

Si bien el 2018 no es el 1984 de George Orwell, mucho se le empieza a parecer. Y a los mexicanos, a los informados y a lo que no lo son, a los que no sólo padecemos estos monstruos sino que somos capaces de verlos conscientemente, ¿qué fregados podemos pensar, sentir, hacer?

La hidra tiene múltiples cabezas y nos sentimos impotentes para enfrentarlas en conjunto. Si bien de múltiples formas hemos luchado contra algunas de ellas, al cortarlas han surgido más y con mayor fuerza y horror. El monstruo neoliberal y regresivo amenaza con el exterminio de la dignidad de la vida, con el empobrecimiento y la desigualdad extremos, con la violación sistemática y enfermiza de derechos. Y faltan todavía nuevas cabezas de la hidra por aparecer en este año que se inicia: la negociación del TLCAN; las elecciones con las ofertas partidarias desdibujadas y sus nuevos fraudes legalizados, institucionalizados; los riesgos de una economía decadente para las grandes mayorías y colgada con alfileres…

Frente a este panorama desolador, el pensamiento crítico, los afectos fraternales y la acción colectiva de los movimientos sociales y sus organizaciones tienen la palabra (una palabra convocante), entonan una canción (tierna y apasionada) y cuentan con la calle manifiesta.

No podemos darnos por vencidos. No podemos, no debemos ni queremos darnos por muertos.  Si el panorama luce atroz y descorazonador, mantener la esperanza contra toda esperanza es un imperativo de vida. Los movimientos sociales, en sus diversas resistencias y alternativas impulsadas desde abajo, como pequeños brotes en el desierto capitalista neoliberal mexicano y global, significan, dignifican y  construyen con sus acciones esas esperanzas de vida para todas y todos. No basta con oponerse a la barbarie, lo cual de por sí resulta fundamental, sino caminar –a pesar de todo en medio de este desierto– cultivando fraternidades y cercanías, solidaridades amorosas y tiernas, luchas esperanzadoras y vitales. A la manera de un escritor mexicano, luchar vale la pena a pesar de la conciencia de la previsible derrota y el fracaso. Si se logran algunos triunfos, mayor razón para empeñar nuestras neuronas, nuestro corazón y nuestras manos en la faena.

 

Por: Guillermo Díaz