Blade Runner 2049 y la búsqueda por una nueva identidad masculina

Ilustración por: Julieta Alvarado

Lo diré de entrada: no me interesa lo que Blade Runner 2049 (o su precursora) tiene que decir sobre Inteligencia Artificial o sobre androides. Sí estoy interesado, no obstante, en lo que tiene que decir sobre nosotros, los que vivimos en el 2017 y, para bien o para mal, si bien nunca hemos conocido a un androide,  sí hemos conocido a individuos que, por la estructura de nuestra sociedad, su humanidad no es reconocida totalmente o es puesta en duda. Es en este aspecto, más como alegoría del presente que como especulación del futuro, que me parece reside la fuerza del universo de Blade Runner.

Ahora bien, la tan esperada secuela despertó cierta controversia en internet por su forma de representar a las mujeres. No fueron pocas las voces que acusaron a la película de presentar a las mujeres como objetos sexuales. Aunado a esto, es indudable que Blade Runner 2049 gravita en torno a personajes masculinos, sobre todo en torno a K (Ryan Gosling), el «replicant», esta vez elevando a «blade runner» que seguimos a lo largo de la película y a Niander Wallace (Jared Leto), el dueño de la corporación que fabrica a los replicants. La conclusión parecería estar clara: se trata de un filme sexista. Sin embargo, considero que estas críticas, aunque bienintencionadas, han leído a la película superficialmente, pues la obra de Denis Denis Villeneuve es un meticuloso estudio sobre el fracaso de la masculinidad tradicional para relacionarse con las mujeres, de ahí que éstas sean instrumentalizadas a lo largo del filme.

Al respecto, hay numerosos ejemplos: Luv (Sylvia Hoeks), la replicant que hace el trabajo sucio para Wallace y que no es más que una eficiente máquina asesina; la teniente Joshi (Robin Wright), que, pese a ser una mujer empoderada, parece estar confinada a su rol como jefe de policía; o la replicant que es un clon joven de Rachel (recreación por computadora de Sean Young), que aparece al final de la película y cuya única función es tratar de seducir a un Deckard (Harrison Ford) anciano. Pero tal vez el personaje más interesante para nuestro tema sea, por su relación con K, Joi (Ana de Armas).

Joi es un programa computacional, creado por las industrias Wallace, con una interfaz holográfica en forma de una mujer joven y cuya única función es complacer a su dueño/usuario. Muy temprano en la película aprendemos que K cuenta con una unidad de Joi en su casa y tiene una relación sentimental con ella. También descubrimos que Joi, para ser proyectada, necesita de un aparato instalado en el techo del comedor de la casa, por lo que su rango de movimiento está limitado a esa habitación. En esa misma escena vemos que K le ha comprado un nuevo accesorio a Joi, un dispositivo de bolsillo que le permitirá proyectarse dónde sea que éste se encuentre. Al principio, esto parece ser un gran don, pues Joi tendría la libertad de, por fin, salir de casa y conocer el mundo exterior, pero en realidad representa una mayor cosificación: ahora K literalmente puede traer en su bolsillo a su novia virtual y disponer de su cariño sin necesidad de llegar a su casa. La dicotomía entre libertad y el propósito para el que fue diseñada se expresa poderosamente —en gran parte gracias a la actuación de de Armas— al final de esa escena, en la que Joi es capaz de salir a la terraza por primera vez. Maravillada por este nuevo mundo que se le presenta, camina hacia K y lo abraza agradecida, la intimidad crece, parecería que K le empieza a besar el cuello, cuando, de pronto, Joi se queda inmóvil y nos tardamos unos momentos en descubrir que no es que Joi permanezca inmóvil, sino que la computadora de la casa ha congelado la proyección porque K está recibiendo una llamada telefónica de su jefa, la teniente Joshi. El amor se subordina a las funciones que cada uno tiene que cumplir, pues K, al ser un replicant, está diseñado primariamente para cumplir su trabajo, no para tener vida personal.

Si bien Joi parece ser la esclava perfecta, una mujer sumamente atractiva, obligada a estar enamorada y a querer complacer a su dueño, hay un aspecto que no puede satisfacer. Al ser un holograma y carecer de cuerpo, Joi no puede tener sexo con K. Es por ello que, eventualmente, Joi contrata a Mariette (Mackenzie Davis), una «modelo de placer» —un replicant diseñado como objeto sexual— para que le sirva de avatar en el mundo real y pueda tener sexo con K. En una de las escenas más memorables de la película, vemos cómo el holograma se yuxtapone —se «sincroniza», como dice la misma Joi— al cuerpo de Mariette, para crear la ilusión de que Joi es un ente corpóreo. La yuxtaposición, no obstante, no ocurre sin desfases, y por ello llegamos a ver cuatro manos, en lugar de dos, acariciando la nuca de K.

Es cierto, la película no aclara del todo si el amor que Joi sentía por K era sólo resultado de su programación o si fue capaz de desarrollar un amor libre y sincero. Sin embargo, la última escena que K comparte con Joi parece insinuar el primer escenario. Como preámbulo al culmen de la película, un malherido K es asignado con la misión de matar a Deckard para que Wallace no pueda interrogarlo. K no parece muy convencido de emprender su nueva misión; su unidad Joi acaba de ser destruida —es decir, ha muerto—, y por lo tanto K ha perdido la motivación para seguir luchando. Es entonces cuando K se encuentra con un holograma fosforescente de una Joi gigante y desnuda, que funge como anuncio del producto. El holograma se acerca a K y le dice una frase que su misma unidad Joi también le había pronunciado al principio de la película. K, entonces, tiene una especie de epifanía, en el que se da cuenta que su relación con Joi bien pudo no haber sido tan sincera como él imaginaba, y que vale la pena pelear por los individuos de carne y hueso. Lo anterior es insinuado sutilmente con el hecho de que, al finalizar el encuentro con la Joi gigante, K se quita del rostro unas vendas que cubrían sus heridas, acaso para simbolizar que ya no necesita de Joi para enfrentarse al mundo. El arco de su personaje se ha completado.

Para mí, la forma como se debe interpretar a Joi es clara. Ella es, literal y simbólicamente, una proyección. Joi representa a la mujer ideal manufacturada por el mercado que muchos hombres hemos comprado inconscientemente: joven, esbelta, pequeña, ingenua, indefensa, complaciente, fiel, etc. Al igual que K, preferimos pasar más tiempo con esa proyección que con una mujer real. Es más, la proyección es tan fuerte que compite y termina imponiéndose ante una mujer —o en este caso replicant— de carne y hueso. K no logra conectarse emocionalmente con Mariette, sino que ésta es sólo un medio para encarnar su fantasía con Joi. Acaso en última instancia Joi sea una alegoría de la industria del entretenimiento y, en específico, de la industria pornográfica, que presenta una plétora de mujeres siempre objetivadas, siempre condescendientes, siempre disponibles, pero ultimadamente etéreas. Al igual que K, podemos tener representada al tipo de mujer que queramos en una pantalla, pero, precisamente por ello, no tener enfrente a mujer alguna; y al igual que la sincronización entre Joi y Mariette, ¿cuántas veces no hemos yuxtapuesto a la mujer ideal sobre la real?

Blade Runner 2049 podrá ser una historia sobre hombres, pero también es una de las pocas películas de Hollywood verdaderamente feministas que recuerdo en los últimos años. No por nada el último acto de la película se inaugura con el viaje de K a Las Vegas, en el que se encuentra —como símbolo del colapso de esta visión objetivista— con las ruinas de estatuas de mujeres objetualizadas. El arco del personaje de K se puede leer —entre otras formas— como el paso de una relación con las mujeres basado en proyecciones, a una búsqueda por establecer una relación más libre. K muere antes de poder adentrarse en esa nueva relación; es tarea de Deckard, al animarse a conocer a su hija, la doctora Ana Stelline (Carla Juri), empezar a construirla. Y es que Stelline representa, como la única replicant concebida y nacida —en lugar de producida—, a la mujer que es capaz de restituir ante la sociedad su condición de persona.

¿Cómo es esta nueva identidad masculina que puede relacionarse con las mujeres como sus iguales? De la misma forma que el final abrupto de la película, estamos todavía por descubrirlo.

Por Javier Romo