Soberano consumidor

Fotografía por: David Mancillas

Por Jorge Flores

Desde el fondo de la sala, sentada sobre una vieja banca, con una mano acariciando al perro de su hija y con la otra frotando su mandil, María Chichilco, la ex comandante guerrillera salvadoreña, escuchaba mi última pregunta: “¿Cuál fue su experiencia en el gobierno?” Con una sonrisa espontánea me respondió sin titubear: “Es un show. Muchos de los que están en los puestos del gobierno no entienden lo que significa estar ahí.” En realidad, no esperaba su respuesta. Y después de ofrecerme otro vaso de agua, ella continuó: “Yo estaba ahí porque creí que era un buen camino para lograr el bienestar de mi pueblo. Muchos creían que ya habíamos logrado el ideal de la Revolución por el mero hecho de estar bien vestidos, ocupando un puesto de gobierno y no era así. Fíjate, muchos querían que yo olvidara el pasado, que me terminara acomodando como muchos de mi partido, pero, ¿cómo lo iba a hacer si estaba dispuesta a dar mi vida durante la guerra?” En tales afirmaciones, María reflejó la consciencia de un serio problema: el creer que la democracia es un estado estático, el cual se halla presente en la mera existencia de instituciones que se adjudican la representatividad de las masas.

Pensar en la democracia sólo como la participación mayoritaria de la ciudadanía, en un marco institucional que permite el disenso y la oposición, resulta ser engañoso. Esta noción de la democracia como algo estático, al cual se accede por el mero hecho de votar, o mediante la pertenencia a una institución, ocasiona un estancamiento en el propio dinamismo de la historia. Pensar que México cuenta con un régimen democrático sería ignorar la crisis económica por la cual atraviesa el país, porque significaría omitir la estrecha relación entre desigualdad extrema y la captura del Estado por un grupo privilegiado que toma decisiones en favor de sí, a costa de la mayoría. Esto sólo nos conduciría a ver al Estado mexicano simplemente como un régimen autoritario que se diferencia específicamente de otros porque su adjetivo es competitivo. Sin embargo, existe otra noción de democracia: la democracia como algo que se construye, como fruto de la historia. Ahora se consideraría un dinamismo impulsado por movimientos e ideas, que busca responder a diversos conflictos. Dicha noción permite entender a la democracia como una búsqueda creativa de los individuos e instituciones con miras a procurar que todas las personas tengan una efectiva igualdad de oportunidades.

Hay una inevitable distancia entre la concepción de democracia en la antigua Grecia y nuestras actuales nociones. Entre los griegos y nosotros se encuentran innumerables sucesos que dotaron de distinta significación a la propia democracia. Se ha de considerar que el resurgimiento de la democracia está enmarcado en la tradición liberal que hizo frente al Estado tirano, en defensa de la razón y la elección. Así, “volvimos” a la democracia con una necesidad de democratizar el liberalismo que hizo frente a las monarquías. Dicho dinamismo se vuelve a repetir siglos después. A partir de la expansión del capitalismo en la segunda mitad del siglo XX, el Estado debía ser el encargado de propiciar el crecimiento de la sociedad y, a la vez, de redistribuir la riqueza. Es decir, el surgimiento del capitalismo ha exigido pensar medidas concretas de contención al propio dinamismo de egoísmo que se desarrolla en la competencia de mercado. El poder político es, pues, el encargado de regular el poder económico.

También se ha hablado de la necesidad de complementar el axioma en el que descansa el liberalismo, según el cual ningún hombre o grupo de hombres puede atacar a la persona o su propiedad, con la noción de oportunidad. Es decir, “la libertad individual no tendría que ver solamente con el tener derecho a hacer lo que pueda querer hacer, sino que tendría que ver con los medios efectivos para hacerlo.” Ahora bien, si la calidad de una democracia alude al goce de los derechos y libertades políticas, civiles y sociales,  entonces la noción de la democracia como un estado estático, alcanzado mediante las instituciones y mediaciones para la representatividad, sería una acotación y reducción de lo que en esencia debiera ser la protección a la libertad de todos los individuos vía el aseguramiento de sus oportunidades.

La crisis actual de la democracia no radica sólo en la fuerza de demagogos, en la cooptación de la opinión en medios de comunicación ni en los fraudes electorales. Se habla de tal crisis porque existe una nula regulación del mercado y a su vez se hunde la legitimidad de un gobierno que se da aires de ser representativo, sin tomar en cuenta el desarrollo de su pueblo. Después del auge de la expansión del capitalismo, la reducción de las tasas de ganancia provocó que el mercado buscara eliminar la regulación y poder así expandirse a otros ámbitos. La privatización de las empresas públicas y la liberación del mercado sólo han provocado una creciente desigualdad entre los individuos. México es un claro ejemplo de que cuando una llamada democracia pierde el poder económico, pierde el poder político. Quien resulta ser soberano es el consumidor y no el pueblo. De nada servirá ser partícipes en las arenas de contienda política si la libertad real es alcanzada por unos cuantos que tienen un alto poder adquisitivo mientras que, a otros, además de negársela, se les imposibilita el acceso.

Antes de que le preguntara a María sobre su experiencia en el gobierno, durante la comida, me narraba el tiempo en que le encargaron la organización de las comunidades durante la guerra. “La represión acabó con las comunidades, imagínate a todos huyendo a los cerros. Después de que pasaba el ejército no quedaban ni tiendas, ni escuelas para los cipotes pequeñitos. Mi trabajo era organizar a las comunidades, y para eso creábamos grupos que atendieran los problemas de la salud, la alimentación, la resolución de conflictos internos, etc. A veces, era divertido, a veces, no tanto.” El relato continuaba mientras ella se encargaba de traer más tortillas a la mesa. Justo después de regañar al perro, que rondaba gustoso la mesa, enfatizó: “lo que pasa, es que la Revolución tiene una base social. Sin ella, no es posible el cambio.”   

Durante las últimas décadas, el Estado mexicano se ha mostrado, cuando no ausente, fallido y en su ausencia ha ido en detrimento el respeto a los derechos y a las libertades. Sin embargo, frente a la ineficacia del gobierno, cientos de iniciativas brotan de los propios ciudadanos. Si el Estado no garantiza el respeto de los derechos ni la generación de oportunidades para todos, ¿por qué los ciudadanos no habrían de hacerlo? Una noción de la democracia como un movimiento histórico hacia la igualdad y libertad real podría hacer un cambio significativo. Como reza el refrán, hay veces que un ocotito provoca una quemazón.


Bibliografía

Federico Saettone. “Democracias y democratizaciones” de Leonardo Morlino Centro de Política Comparada, Ciudad de México, 2005, 321 pp. en Revista SAAP. Publicación de Ciencia Política de la Sociedad Argentina de Análisis Político: Buenos Aires, vol. 2, núm. 3, agosto, 2006, p. 672.

Javier Tello Díaz. “Modelos de democracia” en Política y gobierno. Centro de Investigación y Docencia Económicas: Ciudad de México, vol. III, núm. 1, primer semestre de 1996, p. 131-132.

Mauricio Andrés Ramírez Gómez. “Democracia, Mercado y Socialismo” en Polis, Revista de la Universidad Bolivariana. Universidad de Los Lagos: Santiago, Chile, vol. 4, núm. 12, 2005.

Análisis sobre la serie Black Mirror

Fotografía por: Antonio Champs

Por Ana Laura De Santiago

Black Mirror es una serie de televisión británica de ciencia ficción creada por Charlie Brooker, escritor británico especializado en series satíricas, quien concibiera esta serie en el año 2011. Su foco principal es la sátira hacia la sociedad moderna, particularmente con respecto a las consecuencias de las nuevas tecnologías.

Comienzas un episodio, y, oh, sorpresa: no hay tema musical, ni narrador para acompañarte en sus distopías. Cada episodio se imagina una realidad alternativa diferente, pero comparten una estética minimalista de alto diseño -lo que serían las pesadillas si fueran dirigidas por el arte de Jonathan Ive de Apple-. En cuanto al contenido y la estructura del programa, los episodios son fijados generalmente en un presente alternativo o en un futuro próximo, siempre involucrando la tecnología, la inteligencia artificial y la influencia -a veces aterradora- que tiene en nuestras vidas.

Con “dramas autónomos” en cada episodio, de suspenso y sátira que exploran la techno-paranoia, Black Mirror es una reelaboración contemporánea de “La Dimensión Desconocida” (conocida también como “The Twilight Zone”), con historias que aprovechan la inquietud colectiva sobre el mundo moderno y que nos llevan a cuestionarnos si estaremos ya viviendo en un episodio de esta controvertida serie; no nos presenta ante civilizaciones interestelares o escenarios postapocalípticos. En cambio, representa las variaciones en un futuro cercano transformado por la tecnología de la información: nuestro mundo, sólo un poco peor.

La ciencia ficción del siglo XX fue un producto de la ciencia del siglo XX, un período de avances físicos e invenciones cuando los humanos dividieron el átomo y viajaron a la luna. “Black Mirror” es un producto del siglo XXI y sus avances digitales y virtuales. Habla de una cultura de personas que viven vidas virtuales en las plataformas sociales, en las que los magnates del Valle del Silicio sienten seriamente la idea de que nuestro mundo es en realidad una simulación similar a la “Matrix”.

Así, Black Mirror tiene la capacidad de introducirnos en un mundo que, si bien nos parece surreal, está más cerca de lo que pensamos -y eso es lo escalofriante y cautivante al mismo tiempo sobre esta serie-. No aborda el invierno nuclear y sí la inteligencia artificial; no las complicaciones del viaje en el tiempo, y sí las implicaciones de ser capaz de descargar la conciencia humana sobre los dispositivos. Su visión de la tecnología no es fría y robótica, sino profundamente emotiva, porque -como con nuestros teléfonos inteligentes- hemos hecho de las máquinas extensiones de nuestros cuerpos y almas, de ahí el nombre de la serie.

Su título se refiere a las pantallas de cristal de computadoras, tabletas y teléfonos celulares, y sin embargo, las máquinas no son el peligro aquí: es la monstruosidad anónima y antiséptica que pueden potenciar. El brillo de Black Mirror es que no se trata de cómo la tecnología pone en peligro nuestra humanidad. Se trata de las caras demasiado humanas reflejadas en nuestros propios espejos negros, los que nos miran fijamente, como Charlie Brooker mismo lo define: “Si la tecnología es una droga – y se siente como una droga – entonces, ¿cuáles son precisamente los efectos secundarios? Esta área – entre placer e incomodidad – es donde se establece el ‘black mirror’, el espejo negro del título es el que encontrarás en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente”.

1 gramo de Vitriol o el vuelo de la bicicleta

“Quien intenta acercarse a su propio pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava. Ante todo, no debe temer volver una y otra vez a la misma circunstancia, esparcirla como se esparce la tierra, revolverla como se revuelve la tierra”.

Walter Benjamin

(Sobre el desenterrar y excavar, Cuadros de un pensamiento)

Fotografía por: David Mancillas

“La diferencia entre volar en avión, caminar y andar en bicicleta es la misma que hay entre mirar a través del telescopio, el microscopio y la cámara de cine. El que va suspendido a medio metro del piso puede ver las cosas como a través de la cámara cinematográfica: tiene la posibilidad de demorarse en los detalles”.

Valeria Luiselli

Por Mareike Görnemann

(Papeles Falsos)

¿Dónde se guardan los recuerdos, las fechas, los nombres, las personas, los recorridos en bicicleta? Un buen amigo me dijo una vez que recordar es volver al corazón. Veo mis recuerdos como veo las imágenes en el cine: algunos desenfocados porque han desaparecido, otros con gran detalle. Recuerdo que cuando algo me daba miedo mi cuerpo se bloqueaba y cerraba los ojos. Recuerdo cuando mi padre me enseñó todo sobre el vuelo de la bicicleta. Cómo montarla, cómo andar con cuidado, siempre con los ojos abiertos, decía. Deja que tus manos se amolden al manubrio, encuentra el centro y mantén el equilibrio y, hagas lo que hagas, no cierres los ojos, fue lo que me dijo antes del primer recorrido. Yo, con miedo a caerme, a lastimarme, me aventé con la mirada siempre al frente. Por un instante, recuerdo, aprendí a mirar.  

Ahora vuelo en mi bicicleta a otro camino. Es un recorrido diferente. Ya hasta me atrevo a cerrar los ojos a ratos, cuando quiero recordar. El vuelo de la bicicleta me hace conocerme mejor a mí misma. El tiempo y el espacio se viven de otra manera. El tiempo pareciera que se suspende, flotando en el aire. Es un momento donde dos cuerpos se involucran y bailan: el espacio y yo. Pasa como cuando uno va mirando a través de la ventana en carretera: donde el espacio se mueve, acompaña a uno. Miro la ciudad con una mirada cinematográfica. Miro abajo, y el piso se mueve rápido. Miro los edificios que bailan por momentos, pero se quedan en sus lugares. Y miro al espacio más lejano, un plano general, una montaña que apenas se mueve. Tres diferentes planos en el mismo espacio a la misma velocidad que se mueven distinto. Si miro la lejanía, pareciera como si permaneciera inmóvil; en cambio, si miro el pavimento, me dice que voy flotando. Me detengo en los detalles del ambiente, pero también en los detalles de mi vida. Andar en bicicleta pone en marcha mis recuerdos. El flâneur o las distintas formas de transitar por la ciudad se han convertido en un acto de reflexión e inspiración para la escritura y para el arte. Pero el andar en bicicleta se vuelve una forma para recordar, para encontrarse con uno mismo. En una clase un gran maestro nos preguntó: del 1 al 10, ¿qué tanto se conocen? El número salió bajo: 4. Entonces, dijo, necesitamos una dosis de Vitriol. ¿La medicina? No, el Vitriol es un anagrama que significa Viaje al interior de la tierra y encontrará la piedra oculta. Excavar la tierra, recordar, andar en bicicleta me llevan hasta al centro de la tierra, mi centro, hasta encontrar esa piedra tan oculta, a tocar mi corazón. Un gran cineasta dijo una vez que se llega al corazón a través del oído y no de la vista. Pero yo creo que recordando es cuando realmente se vuelve al corazón.