Aquí siempre hay que comer

 

Por Guillermo Preciado

El hombre que contempla es “absorbido”
por lo que él contempla…
–Alexandre Kojève

El alcohol no se acaba. El sol ya está por salir. Botellas de whisky, tequila y champagne chocan entre sí, musicalizando el paso de los últimos sobrevivientes de la fiesta que van abriéndose camino entre la mar de cuerpos alcohólicos, drogados y aletargados, algunos desnudos, otros muertos en vida, que están sucumbiendo a los placeres nocturnos posibilitados por las billeteras paternas. Es la época de sus vidas –¿y cuál no lo es?–, donde los más variados y extravagantes excesos vienen hermanados con justificaciones de tipo porque puedo pagarlo y cuyas consecuencias legales son siempre anestesiadas por una llamada del celular del Padre.

Sus zapatos Salvatore Ferragamo empiezan a incomodarle, y las gafas no tardan en caerse de su gorra Louis Vuitton. Borracho y drogado como casi todos, y como casi siempre, Alan, aún con cierto atisbo de consciencia galante, se acerca a la chica cuyo nombre olvidará apenas lo escuche. Un reloj Jean Richard reposa perfectamente en esa muñeca femenina, bisagra entre una mano cargada de uñas adornadas en demasía y un antebrazo sofocado en cremas tan caras como el áncora de su reloj, superfluo motivo por el cual Alan principia la conversación.

Ella, de cabello negro y corto, ojos grises-melancólicos y sonrisa descafeinada, responde al coqueteo. Aunque el atuendo y accesorios de Alan dejan entrever a todas luces la figura de un joven muy adinerado –¿y quién no lo es en estas reuniones?, piensa ella–, las extrañas adulaciones hacia sus manos ­que, si bien no ocultan un sentido forzado y casi desgastado del ritual de conquista, le convencen de prestarle atención, con todo y que, como él, su estado de conciencia no dista mucho de ser nulo.

Se terminan el Moët & Chandon Bi Centenary Cuvée Dry Imperial y se echan unos gramos de cocaína; bailan, como pueden, sin música y al compás de los testigos mudos, un rato más. Con el sol ya aterrizado en la enorme terraza con alberca, se disponen a continuar sus aventuras en el departamento de Alan. Como puede contacta a su chofer, pero éste los encuentra dormidos en un diván con una leyenda encima que prohíbe su uso, pretextando un sentido histórico-político. El chofer, tan amable y atento como su sueldo y la confianza de años le exige, los sube individualmente al Porsche, con la más férrea resistencia moral jamás vista en una persona cuya empresa física consiste en cargar a una linda joven alcoholizada y desprovista, por eso mismo, de toda oposición a ser tocada. En el camino ellos roncan, y él piensa.

En el departamento, repite la doble carga con la misma actitud estoica; los deja en la cama, pasa al baño, y después husmea en la cocina, decantándose por una cerveza alemana del refrigerador. No cree que le importe mucho al muchacho dado el enorme catálogo de alcohol que cobija casi todo el departamento. Se acuerda de él y regresa al cuarto, pues tiene que estar pendiente de cualquier atisbo de vómito; Alan duerme plácidamente. Pese a su edad este muchacho ya se las sabe de todas todas con el alcohol y las drogas, se dice el chofer.

A punto de voltearse para salir, sus ojos se abren sorprendidos y se posan en varios de los objetos que habitan el cuarto del muchacho: posters de Scarface y de gruesas fajas de dinero que caen a manera de lluvia; ve también un estante lleno de carteras: mismo modelo, diferentes colores, todos brillosos; arriba de la cama, una enorme televisión cuelga sobre el techo, como flotando. En todos lados ve objetos que presumen lujosos detalles, accesorios chapeados en oro, minúsculas impresiones de opulencia, y que no son sino la traducción en objeto de la propia idiosincrasia narcisista de Alan y su familia.

Orlando orienta su mirada y divagaciones hacia el muchacho. Nunca antes lo había observado tan bien, tan atento, como en este momento, de esta forma…

Se dirige a la cocina y se sienta, pues está exhausto. Mira sus manos callosas y sus uñas bien cuidadas; en el espejo del baño se enjuaga la cara y ve el reflejo de su traje Brioni que el patrón le compró hace unos meses. Por una curiosa asociación recuerda la camiseta blanca de su padre : “tres iguales para toda la semana hijo, pa’ ahorrar agua y dinero, que a como están las cosas es lo mismo”–, así como los segundos sentado en la tienda que atendía junto a su madre: “no olvides contar una por una las monedas, mijo”–.

Botella tras botella, los recuerdos infantiles le inundan, pasando como hojas de rosa al aire que, infecundamente, tratan de tapar la luz de un sol incandescente. Unas lágrimas tímidas, cargadas con el agua del pozo infinito de la memoria, salen de sus ojos que en otros tiempos habían sido de piedra. Piensa en el contrapunto de realidades que le convoca el presente del muchacho con sus propias desventuras infantiles, cuyas desgracias se extendieron hasta la juventud. Mas no es envidia ni coraje por la bipolaridad económica lo que siente Orlando; tampoco es la nostalgia de un pasado espinoso, aunque con ciertas luciérnagas de alegría; cree, más bien, que sus sentimientos son el resultado esperado de un choque titánico entre dos realidades tan contrarias, y que cuyo encuentro de frente no podría deparar en otra cosa sino en sendas desgarraduras y fracturas en el velo de una psicología sensible a las trampas funestas de la vida.

Se imagina una inversión de papeles. Que él era el rico, y ellos eran como él. La fantasía dura sólo unos segundos, pues la detiene al saber que aún dentro de esa consciencia utópica, su reacción ante la revelación de aquella realidad tan inhóspita habría deparado en el mismo corredor emocional.

Escucha ruidos provenientes del cuarto. Alan se está despertando. Junto a la nota de tres palabras que deja Orlando en la mesa, acomoda el saco de su traje y las llaves del Porsche, cierra la puerta del departamento, se sube y baja del metro, y no vuelve a mirar atrás.

 

 

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